Antecedentes

Los desastres y emergencias son producto de complejas combinaciones de factores naturales, sociales y culturales, siendo el cambio climático o las situaciones de vulnerabilidad social elementos que contribuyen aún más a amplificar los efectos generados por los riesgos “naturales”. Debido a esta complejidad, las estrategias de protección civil y el desarrollo de planes de emergencias deben establecer mecanismos para proteger o dar respuesta a los desastres, sabiendo que cada circunstancia será diferente y particular y, por tanto, que dichos planes nunca podrán hacer frente totalmente a la situación. A eso, se suma la complejidad añadida de la propia diversidad de reacciones y comportamientos de la población afectada (por razón de de clase, edad, género, etnia, etc.) y por los efectos que tienen las propias catástrofes en la cultura(s) de las poblaciones afectadas

Sin embargo, una gran parte de las políticas, marcos legales y planes de emergencia que se desarrollan en Europa, también en España, tienden a homogeneizar a las personas afectadas por desastres como víctimas y a invisibilizar las particularidades de los distintos grupos o poblaciones afectadas. La situación es particularmente grave en el caso de niñas, niños y jóvenes, puesto que éstos constituyen uno de los colectivos más afectados ante situaciones de desastre y, paradójicamente, también uno de los grupos sociales más invisibilizados Como han puesto de manifiesto distintas investigaciones, a menudo se les considera como un grupo pasivo e intrínsecamente vulnerable, incluso problemático para la gestión de emergencias. Difícilmente se piensa en ellos como actores sociales, como un grupo diverso y fundamental para la mejora de la gestión de desastres.

Cada vez son más las evidencias internacionales que muestran, no obstante, los beneficios de incluir a niñas, niños y jóvenes en la gestión de desastres. En Noruega, por ejemplo, se demostró cómo los jóvenes utilizaron las redes sociales para movilizar recursos y hacer frente al tiroteo masivo que tuvo lugar en la isla de Utøya en el año 2011. Algo que también hicieron en Haití, en este caso para movilizar ayuda ante el terremoto de 2010. En Hull (Reino Unido), por ejemplo, se constató el profundo conocimiento que niñas y niños tenían de su propio entorno y de las relaciones que existían dentro de su comunidad. Este conocimiento no sólo facilitó la tarea de las autoridades y servicios de emergencia sino que fue decisivo también para empoderar a estos niños y niñas afectados por graves inundaciones y favorecer su resiliencia.

Teniendo en consideración estos antecedentes, el proyecto CUIDAR tiene como objetivo analizar en diferentes países europeos y de manera simultánea la percepción del riesgo y la gestión de los desastres desde el punto de vista de niñas, niños y jóvenes. Para ello, partimos de la necesidad de desarrollar estrategias participativas que permitan que menores de edad de diferente procedencia y condición puedan articular sus experiencias e ideas para generar respuestas que impacten sobre los actuales programas de prevención, protección y recuperación ante desastres de cualquier tipo.

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